Quería publicar (con su permiso,por supuesto) en mi blog esta historia corta, premiada, de mi sobrina... La escribió con 14 años. Estamos muy, muy orgullos. Ahí lo tenéis...
MI AMANTE

Sonrío al ver lo que tengo frente a mí, una imagen perfecta: Yo. Me apuro en ponerme los últimos toques de rimel y pintarme la raya. Él vuelve a mostrarme la imagen que tanto deseo ver. Podría decir, sin temor a equivocarme, que mi espejo es el amigo más fiel y sincero que he tenido; y posiblemente tendré.
El móvil suena, señal de que llego tarde.
-Alejandra, ¿dónde estás? -oigo la voz de María tras el auricular, con un ligero zumbido de fondo.
-En casa -se escucha un gemido, tras la línea, a modo de protesta -ya estoy saliendo -le aseguro con el bolso en la mano.
-Más te vale, te estás perdiendo todo -me reprocha.
-Que sí, que ya voy. Chao -respondo, antes de cortar.
El frío aire de la noche chocó contra mí en cuanto dejé la protección que me ofrecía el portal, haciendo que me arrebujara en el abrigo. La gélida humedad que flotaba en el ambiente me garantizaba que si no me ponía en marcha me calaría hasta los huesos.
A medida que me acercaba al lugar de encuentro, la vibración, más que sonido, de la música iba en aumento. Hasta que llegué ante su cartel de neón. La discoteca llevaba suficientes horas abierta como para haberse llenado hasta los topes.

Un simple guiño acompañado de una sonrisa cómplice y ya estaba dentro de la marabunta que se movía acompasadamente a cada acorde que sonaba.
La mano de Carmen tomó la mía y me llevó hasta los sofás donde esperaba todo el grupo.
-Mira quien se digna a venir -grita María desde la otra punta de la barra.
Sonrío a modo de disculpa y dejo mis cosas junto a las de los demás. Hora de bailar. Vuelvo a ser interrumpida. Esta vez, es María quien me lleva a la barra. Hace una señal con la mano y a los pocos segundos tiene al barman a su lado.
-Yo invito -me dice con una sonrisa.
-No... deja, paso -murmuro.
-¡Ay, Dios! -exclama contrariada. -Mike, ponnos dos bloody-Mary.
Un instante después María me colocó con una sonrisa el coctel en la mano, esperando que me lo bebiese.
Sinceramente, qué decir, lo hice. Me lo bebí de un trago y perdí la cuenta de las veces que repetí.
Lo primero que noté aquella mañana fue las consecuencias de la noche anterior: jaqueca. Siempre está bien hacer nuevos amigos pero de ésta, tan sólo, podría decir que es la mala pécora que quieres tener lejos de ti a toda costa.
Aun arropada sonrío. Me había enamorado y esta misma noche volvería a verle.
No sé con certeza a qué hora decidí salir de la cama pero la luz que se colaba por la ventana se había vuelto rojiza. Bendito domingo.
Mi radiante sonrisa desaparece en cuanto me miro al espejo y descubro los estragos que presenta mi cara, las ojeras me llegan a los pies y el maquillaje está corrido. Tomo una ducha fría y salgo con el albornoz del cuarto.
-Ale, ¿a qué hora llegaste a noche? -pregunta mi madre, a la vez que remueve con parsimonia un cazo que desprende olores poco agradables.
-Estuve en Black's, además, era sábado.
-¿Y eso cambia las cosas? -replica.
-¿Tú qué crees? Joder me quieres dejar en paz, ¿sabes cómo me retumba la cabeza? -exclamo malhumorada.
Mi vida se ha desarrollado en pasos desde ese momento, y este, era el primero, pero todos iban cuesta bajo, como una moneda que finalmente cae por su propio peso.
Nuevamente, el barullo de la discoteca no mejoraba mi humor que había empezado a ir en picado desde esta mañana. Entonces le vi, en la barra, esperando por mí.
Al principio todo iba bien, luego, todo se volvió negro, justo como la noche anterior.
A la mañana siguiente, el estridente ruido del despertador me sobresaltó, firmando su sentencia de muerte ya que salió volando para estamparse en la pared.
-Ale, levanta -grita mi madre desde la cocina.
-Ya, ya -gruño.
El continuo recorrido de estudiantes por los pasillos del instituto se me hacía insoportable, la cabeza me estallaría en cualquier momento.
-Ale -me llama María desde la puerta del baño.
La miro molesta y me dirijo hacia ella, arrastrando los pies de cansancio.
-¿Dónde estabas anoche?
-En la discoteca. La misma que tú. -le reproché con malhumor.
El segundo paso estaba dado, cada vez faltaba menos para caer.
Sin esperar que respondiese, me giré y alejé de ella. Solo esperaba con ansia el momento que me volviese a reunir con él.
Aquella tarde llamé a María, esperando por primera vez, escuchar su voz de pito por la línea.
-¿Vas a ir a Black's esta noche? -le pregunto.
Vaciló -No me van a dejar -me dice.
-¡Venga ya!
-Tía, de verdad que no puedo...
Colgué molesta y crucé la puerta de mi dormitorio. Todo hubiera ido bien si ella no hubiera estado delante. Mi madre.
-¿Adónde vas? -pregunta mi madre, con el ceño fruncido.
-A la calle, ¿tú que crees si me ves con el bolso y el abrigo?
-Es entre-semana; no puedes salir.
-¿Qué te apuestas?
No espero respuesta y salgo a la calle, a Black's donde él me volvía a estar esperando.
El tercer paso estaba dado. ¿Cuánto más aguantaría?
Aquello se convirtió en rutina. Mis días se acortaron y las noches se alargaron. Mis continuos cambios de humor, mis demandas de dinero me apartaron de cualquier ser querido.
Ahora a mis veintiocho años me veo sola, sin amigos, mi familia me ha dado la espalda y mi amante me ha dejado sola.
Después de todo debí quedarme con mi mejor amigo, el espejo, y dejar a mi amado alcohol de lado.
ANIRA

Hola, me ha gustado mucho este cuento de mi tocalla, la verdad es que he entrado aquí por eso pero a merecido la pena.
Me alegro que te haya gustado el cuento de mi sobrina. La verdad es que "apunta maneras" de buena escritora. Tu también escribes?
Un beso!