En fin de año bajé a Cádiz para pasar unos días con mi familia; una tarde, en casa de mis padres, mi hija se puso a cotillear entre albums de fotos (¿o álbumes?) y, en un momento dado, se deslizó ésta al suelo.  Yo me maravillé -como la Lola Flores- y mi madre, a la que últimamente le sobra todo, se apresuró a regalármela.

Aquí os la dejo; es una fotografía del cincuanta y ocho.  Con ella quiero homenajear a la juventud, a la ilusión, a la belleza... Quisiera que mi madre hubiese podido ser capáz de entender que esa de ahí es ella, sigue siendo ella, que su juventud, su ilusión y su belleza,  podrían seguir a su lado. Porque se puede ser joven hasta el final, bella en la vejez y capáz de sentir ilusión en un cuerpo de setenta y tantos años .si no hubieso decidido darle la espalda hace ya bastante tiempo. Recuerdo que desde pequeñita, hablando sobre su madre, mi yaya, me decía que le dolía envejecer, que ese dolor le hacía abandonarse  y que eso le suele pasar a las mujeres bellas.  Puede que ya se estuviese aplicando la misma historia. Es muy triste.