EL CASTILLO DEL PRINCIPE NEGRO Capítulito X
CAPITULITO X
-¡Camarones y burgaillos! ¡Oh, no!- sollozó la princesa.
Era demasiado. Miró con ojos hambrientos la apetitosa bandeja. Una especie de bruma la envolvía. Dió un paso adelante... Se paró y, dando media vuelta, se dirigió al arcón. Subiéndose encima, llegaba con relativa facilidad al borde interior de la ventana.
-Si me asomo al exterior, se irán estos olores- dijo para si.
Como era esbelta, cabía bantante bién. El anchísimo muro la recogía entera.
-¡Arroz tres delicias!-y lloraba a lágrima viva. ¡Pobrecita!
Asomó la cabeza, respirando profundamente. Ante sus ojos se extendía el espléndido patio de la fortaleza.
-¿Qué es eso?¿Quién cruza el patio? A ese no le conozco, pero aquel que se dirige al muro me parece Dimas, mi amado...¡Es él! ¡Seguro! Vienen a salvarme...¿Cómo salgo?- el alborozo a la princesa le duró poco.
Miró hacia abajo y se le heló la sangre. La altura era espantosa. Era el único camino, pero un camino peligrosísimo.
-¿Qué haré?-se retorció las manos, llena de angustia.
Volvió a la habitación. Ya no se enteraba del olor a pimientos fritos, que le encantaban. Miró las fuertes cortinas del dosel y una idea muy original brotó de su cabeza. La bandeja mostraba un afiladísimo cuchillo para trinchar el asado. Lo cogió y se dirigió rápidamente al lecho.
-Tengo que darme prisa. No hay tiempo que perder.
Con total decisión, comenzó a hacer tiras la fuerte tela, anundándolas luego entre sí. Como las cortinas eran amplias y voludas, consiguió una tira muy, muy larga. La pasó por debajo del pesado arcón y ató el otro extremo. Lo dejó caer por la ventana...
-Llega!- comporbó con alegría-, llega al suelo. La valiente princesa engancho una pierna en la tira, dando también una vuelta a la cintura, y volviéndose de espaldas, empezó al deslizar el cuerpo hacia le vacío exterior.
-Los nudos me facilitarán el descenso- se dijo.
Sujetando la doble tira con ambas manos, comenzó a soltar una de ellas y así, poco a poco, inició la arriesgada bajada. No tenía miedo de que pudieran verla desde abajo. Sabía que Dimas y su compañero tendrían que enfrentarse al Príncipe Negro y nadie se iba a entretener mirando hacia la torre de su lujosa prisión. Sin mirar abajo, la princesa descendía. Ya le faltaba poco, estaba segura. La sobresaltó un gruñido atroz....



Mario Hidalga Redondo dijo
FELIZ AÑO NUEVO, ESTRELLA
Un abrazo
31 Diciembre 2008 | 11:56 AM