La Coctelera

estrellaval

27 Diciembre 2008

EL CASTILLO DEL PRÍNCIPE NEGRO Capítulito VIII

CAPITULITO VIII

El Príncipe Negro miró asombrado, por una de las ventanas del largo pasillo, al patio de armas. Acababa de dejar una bandeja con apetitosos alimentos en el dormitorio donde reposaba la princesa.

-¡No comeré! - había dicho ella.

-Comerás. Antes o después sentirás hambre y sed.

-¡No comeré!- replicó tozuda.- Estoy segura de que los alimentos contienen alguna droga para romper mi voluntad.

Y, caminando por el pasillo que unía la Torre del Homenaje con el resto del castillo, el Príncipe sonreía malignamente. Era cierto. Había comprobado que la fuerza hipnótica de su mirada no afectaba a la doncella y como no quería perder más tiempo, decidiose por la droga, que sería rápida y eficaz. Pero,  ¿cuánto tiempo resistiría la princesa sin comer? Volviose y, con un leve soplo, salió de su boca un halo blanquecino, como un ectoplasma, que se filtró por debajo de la puerta del cuarto de la princesa.

Fue entonces cuando, todavía con la sonrisa en los labios, miró hacia el patio. Dos hombres desconocidos trasteaban con un teodolito y, en el suelo, junto a ellos, había cajas y distinto rollos de papeles, como si fueran planos o mapas. La sonrisa desapareció de su cara, y , con gesto preocupado, bajó rápidamente la gran escalera de mármol negro (naturalmente). ¿Quienes serían?

-¡Hummmmm!- mientras tanto, la princesa olfateaba y la boca se le hacía agua. Un delicioso sabor a asado invadía la estancia. Movió la cabeza, pensando que era pura fantasía de su mente exaltada. Al volver a respirar...¡patatas fritas!  ¡Olía a patatas fritas!.

-¡Qué malvado, qué malvado!- y se tapó la cabeza con la ropa de la cama, para aislarse. ¡Imposible!. Ahora la invadía un delicioso olor a chocolate caliente y a churros. ¡Con lo cansada que estaba...! La princesa cerró los ojos, suspirando el nombre de su amado:

-¡Dimas!

Entretanto, el Principe Negro cruzava rápidamente el patio de su castillo, aproximandose a los dos hombres.

-¡Atención! Aquí viene.- avisó Rodrigo a Dimas.

-¡Vaya fantoche!- dijo, rencoroso, el muchacho.

-Dominate.Tienes que parecer un investigador y no un novio celoso.

El Príncipe se paró junto a ellos. Estaba asombrado.

-¿Por dónde han entrado?¿Cómo han atravesado el lago?¿Quienes son ustedes?

-Soy Rodrigo, el sabio arqueólogo medievalista y este muchacho en mi ayudante Dimas-. Rodrigo prefería contestar al revés y acertó, porque al oir su nombre el gesto del caballero se suavizó.

-¡Rodrigo en mi castillo...! ¿A qué debo tal honor?

-¿Me conoceís?

-¿Quién no? Cualquier persona medianamente culta os conoce. Vuestra fama ha asaltado las montañas que rodean mi castillo y ha llegado a mis oídos.

-Y a mis oidos ha llegado la fama de este castillo singular, que me impresiona por su rareza. No sé cómo catalogarlo.

Rodrigo tenía razón. Su gran fama, su presencia, habían hecho olvidar al castellano las preguntas más difíciles de contestar.

-Venid primero a reponed vuestras fuerzas, si endo mis compañeros de mesa y luego, con gusto, os mostraré mi castillo.

El pensamiento de que el insigne medievalista se interesaba por su castillo, había halagado profundamente la vanidad del Príncipe. No vio el peligro que suponía, para sus malvados planes, la presencia de nuestros valerosos amigos.

-Venid- repitió-. No temaís por vuestras cosas. Nadie tocará nada.

Lo cierto es que no se veía ni un alma, aunque todo estaba limpio y cuidado. Al mirar al suelo, vieron tres lagartijas negras que se movía entre los planos  y mnapas. Una de ellas pasó entre los pies del Príncipe Negro, que no parecía advertir su presencia, yendo hacia la esquina sudeste del muro. Dimas apretó los labios, disimulando el desagrado que le producían. Rodrigo pensó que era más prudente no comentar nada.

Y, en silencia, siguieron al Príncipe.

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Datos físicos... mujer, blanca, de más bien mediana estatura, complexión delgada pero fuerte, rubia venida a menos con la edad, que es (ejem) indefinida (la edad). Estado civil: divorciada. Hijos: dos. Trabajo: si, afortunadamente. Aficiones: leer, jugar, conversar, aprender, escribir, bailar, montar en bici, pasear por el campo, por la playa, montar a caballo, jugar al tenis, viajar, recolectar (conchas, moras, acerolas, higos...), escribir, escuchar la radio, música, cantar (muy mal), jugar a las palas...

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