EL CASTILLO DEL PRÍNCIPE NEGRO Capitulito IX
CAPITULITO IX
Es asombrosa la colección de fósiles que poseéis- dijo Rodrigo, boquiabierto ante las maravillas entrevistas durante el breve trayecto.
-Sí.- el caballero contestó escuetamente. No estaba dispuesto a dar muchas explicaciones.
-El utillaje prehistórico es digno del mejor museo. Su conservación es perfecta.
-Sí- breve, pero halagado en el fondo por la sincera admiración de Rodrigo.
La mesa, perfectamente aderezada, ofrecía las viandas más apetitosas que imaginar pudiera el paladar más exigente. Rodrigo, que era muy austero, no se inmutó, pero a Dimas se le alegró todo el aparato digestivo. Desde que salieron en busca de su princesa, sólo habían comido un bocadillo de chorizo en el pueblo de la pequeña Tania.
-¿No tenéis vino Don Simón y Casera?- preguntó el austero.
El príncipe quedó desconcertado. ¡Eso si que no se lo esperaba!. Podía con sus artes mágicas satisfacer el extraño capricho del joven sabio, pero no quería descubrirse.
-Lo siento muchísimo, pero a estos alejados parajes no llega todo lo que yo desearía.
-Mhan praído mu intantes la olción de unscritos del glo XII- a Dimas se le trababa la lengua, por el miedo y el lingotazo de oscuro y exquisito Burdeos, que Rodrigo despreciara.
Rodrigo le miró sobresaltado, ¿Qué le pasaba a Dimas?¡No se había enterado de nada!
-¡Losssss ma nussss critosss... de la bi bli o te ca..- casi deletreó. Se había decidido a hablar, porque el Príncipe Negro iba a creer que era mudo.
-¡Ajá!-contestó el Príncipe, sin comprometerse.
-Sorprende la austeridad de la fábrica. El parapeto no tiene ni el mínimo ornato que supondría algún sofito- comentó Rodrigo, mientras troceaba una pechuga de faisán dorado del Amazonas, guarnecida con lenguas de colibrí.
-Ni un sofito siquiera- dijo el molinero, como si detectar sofitos fuese para él de lo más cotidiano.
-Me permito recordarles las ladroneras- se defendió su anfitrión.
-Sí, ya me he fijado- aseveró Rodrigo-. Ese doble can abocalado sobre el que se asientan lo he admirado en otros lugares.
-Eso, eso...- y Dimas se bebió otro vaso de vino.
En ese instante, un extraño gruñido les sobresaltó. Dando un salto sobre la mesa, el niño del sillar tomó con su boca una magnífica pierna de cordero y desapareció escaleras arriba, dejando todo el mármol perdido de grasa.
-¿¿¡¡Qué es ésto!!?? - rugió más que dijo el Príncipe _Negro, levantándose de un salto- ¡Ah, traidores, felones y bellacos!!¡Malandrines!
-¡Hombre! No es para tanto- quiso contemporizar Dimas.
-¡Fortgfiss!¡Grotoutggrsss!
Mientras el Príncipe Negro se desahogaba con terribles palabras y sonidos extraños, que iban degenerando en feroces gruñidos, Rodrigo y Dimas salieron corriendo. No era un buen momento para la conversación.
-Vé al sillar del muro y tráete al patio los botes de pintura y las dos pistolas. ¡Corre! -apremió Rodrigo al joven.
En uno de los frentes, una rara catapulta mostraba, en lo alto, un cestillo de acero, de bordes afilados, llenito de pequeñas piezas metálicas; auténtica metralla. Rodrigo, sin dejar de correr, empujó el cestillo hasta ponerle horizontal, tensando la cuerda que le sujetaba al último borne. Con el corazón a cien por hora, se escondió detrás de aquella guerrera pieza de museo.
