CAPÍTULO VI
-¿Dónde estoy?
La princesa no era muy original. Pero despertarse y no reconocer el lugar, siempre desconcierta. Hay que disculparla. Se sentía descansada, aunque tenía el cuerpo lleno de arañazos y magulladuras. Su precioso vestido nuevo era, casi, un harapo. Los espinos del monte se lo habían destrozado, mientras luchaba contra la poderosa fuerza que le impelía a seguir una dirección que ella no desaba.
Miró a su alrededor. La habitación era muy espaciosa, pero con poca luz que penetraba por una estrecha ventana, de medio punto, abocinada. En la semipenumbra, se distiguían muebles oscuros y fuertes con ricos candelabros de plata. Un arcón, bellamente labrado, se apoyaba en el muro, bajo la ventana. Ella se encontraba en un amplio lecho con dosel, sobre una gran manta de piel, tal vez de oso, muy abundantes por aquellos parajes. La princesa se incorporó apoyándose sobre un codo.
-¿Dónde estoy?- volvió a preguntar.
-En mi poder-respondió una voz, justo al lado de su linda cabecita.
Volvióse sobresaltada y allí, tan cerca que casi podía tocarle, se hallaba el Príncipe Negro. Sentábase en un sillón de tipo frailuno y sus pies descansaban en lujoso escabel de terciopelo negro, primorosamente bordado en plata. O sea, el malvado caballero estaba bastante repantingado.
-¡Oh!- exclamó la bella.
-¡Sí!- contestó el Príncipe.
-¡Ah!- tembló ella.
-¡Hummmmm!- murmuró él.
Mientras se desarrollaba este interesante diálogo, el caballero se había incorporado y, ahora se encontraba frente a la postrada princesa, mirándola fijamente.
-Te he traído junto a mí, porque quiero casarme contigo. Ya te lo dije en tu palacio. A mí nadie me da calabazas.
-¿Me has raptado?
-No. Viniste tú solita. Bueno, con una mocosuela que ya está en buen recaudo.
-¿Qué has hecho con Tania, asqueroso malvado? Nosotras no queríamos venir. Una fuerza inexplicable nos empujaba.
-Tardaste más de lo debido. Si no llega a perder la herradura tu caballo, ya estaríamos casados.
-¡Oh!- repitió la princesa.
-¡Sí!- insistió el malvado.
-¡No me casaré contigo!
-Pues es un detalle por mi parte. Con otras mujeres no he tenido tantos miramientos. ¡Nos casaremos!
-¡No, no! ¡Antes muerta!- se defendió, original, la princesa.
-¡Mírame!-ordenó.
La princesa, a su pesar, alzó los ojos, quedando prendida en la poderosa mirada del Príncipe Negro. "Me está hipnotizando", pensó horrorizada, "Se está apoderando de mi voluntad". Y cerró los ojos, llena de angustia. Su mente dibujó un rostro juvenil y alegre; unos ojos claros y expresivos; unos cabellos rubios y rizados; un cuerpo esbelto.... ¡Dimas!
Cuando abrió los ojos, miró al caballero con desprecio. Veía con claridad el halo de maldad que le envolvía. Y un gesto de repugnancia se dibujó en su cara..
-¡No me casaré contigo!- aseveró tajantemente.
La princesa se había dado cuenta de que la imagen de Dimas había roto el hechizo de la mirada infernal de su oponente. ¡Era libre!. Su mente poseía el mejor escudo posible: el escudo de su amor.
-¡Te casarás conmigo! ¡Romperé tu voluntad!- exclamó el Príncipe Negro. Y más negro aún por la ira que le embargaba, abandonó el camarín donde descansaba la bella princesa.
-¡Dimas!-murmuró ella. Y hundiendo la cabeza en la almohada, sollozó amargamente.-¡Dimas!.
CAPÍTULO VII
El esquife-tartana quedó balanceándose junto al escarpado terraplén. Una enorme roca, empujada con grandes dificultades por Dimas y Rodrigo, sujetaba la cuerda que servía de amarre a la rudimentaria embarcación. Tras ímprobos esfuerzos consiguieron subir por la abrupta ladera parte del utillaje que portaban. Con la respiración entrecortada, se sentaron al pie del oscuro muro del castillo.
-¡Vaya! ¡Fábrica de sillares dispuestos a soga en hileras irregulares! ¡Y trabados sin argamasa...! ¡Interesante!
Atrás habían quedado las procelosas aguas del lago y los minutos angustiosos de travesía. Mano firme fue la del valeroso D. Rodrigo y eficaz la ayuda del joven molinero. Ante la importante mole del castillo, nuestro arqueólogo había olvidado los malos tragos pasados.
-¿Qué decís?- se asombró Dimas.
-Que es muy interesante. Fíjate que los sillares de las esquinas aparecen sin módulo fijo.
-¡Oh! ¿Ni un módulo siquiera?
-¡Ni uno solo!- y mirole de reojo. ¿Se estaba burlando?, pero no, Dimas nunca hubiera osado tamaña descortesía.
Empezaron a dar lentamente la vuelta al muro. Se preguntaban cómo penetrar en el castillo. No se veía poterna ni postigo por ese lienzo de la muralla. La labra era basta y tal vez se pudiera trepar, pero Rodrigo era prudente y prefería encontrar un punto débil y no arriesgar tontamente sus vidas en semejante escalada.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó, sobresaltado, Dimas.
-No lo sé- contestó nuestro sabio-; he visto moverse algo entre los sillares, pero su movimiento ha sido demasiado rápido.
Pararon su marcha y observaron fijamente. Algo se movía, sí. Algo oscuro...¿Qué demonios era?.
-No puede ser- comentó el joven- , parece una lagartija.
-Es una lagartija.Una asombrosa y rara lagartija negra. Esta especie se extinguió junto a los dinosaurios. ¡Qué cosa más sorprendente! -y Rodrigo quedó encantado contemplado el raro ejemplar que entraba y salia por las junturas de los sillares.
-Si hay lagartijas quiere decir que este sillar está flojo y quizás podamos sacarlo- Dijo Dimas mostrando su gran sentido práctico.
-Cierto- reconoció Rodrigo-. Vamos a intentarlo.
Aunaron sus fuerzas y, en efecto, el sillar se movió un poquito, muy poco. Iba a ser posible. Rodrigo, hombre de infinitos recursos, buscó entre los trastos que llevaban. Cogió el trípode del teodolito, que era de un acero buenísimo, y extendió una de las patas, introduciéndola en la pequeña grieta del muro.
-¡A la de una; a la de dos y a la de...!
-¡Tres!- dijeron los dos empujando con todas sus fuerzas.
-¡Plaf!
Se miraron.
-Hemos aplastado la lagartija negra-se lamentó Dimas.
Un gruñido le contestó. Volvieron la vista al muro y allí, en el hueco que correspondía al sillar, que había desaparecido, acurrucado, se encontraba un niño. Pero ¡Qué niño!: desnudo, con los pelos hirsutos y los dientes puntiagudos que enseñaba al retraer los labios en un gesto feroz.
-¿Qué es ésto?- se horrorizó Dimas.
-Parece Mowgli-comentó Rodrigo, que no solía perder la serenidad ante nada.
El niño, gateando y gruñendo, dio media vuelta introduciéndose en el castillo por el hueco que había dejado el sillar desaparecido. Dijo Rodrigo:
-Sigamosle, porque nos ha abierto camino.

Esto se pone interesante, a ver a donde los lleva el niño, ¿se casara la princesa con el Príncipe negro????
Besos
Muy buenas Tibetanox!
No pienso revelarte ná de ná; tendrás que esperar...
Besos!