El día 14 de Noviembre volví de Colombia después de pasar un par de semanas increibles; el choque con la realidad, perdón, con lo cotidiano (aquello fué absolutamente real, aunque haya sido como un sueño), me ha mantenido "ocupada", asimilando el golpe, el jetlag... ¡En fin! Me he dejado sumir en un proceso pseudodepresivo y melancólico algo "chungo" del que espero salir victoriosa. Pero durante estos minutos que robo de mi rutina, voy a volver a Colombia para recordar paisajes  y personas, increibles los unos y las otras.

     Llegamos a Bogotá (El Dorado) a las seis de la mañana y la primera impresión que recibí fué la de una ciudad con un tráfico endiablado. Una locura. La gran mayoría de los taxis son coches pequeños y  van, siempre que no hay trancón (atasco colosal del que es muy dificil librarse), a mucha velocidad, pasan entre espacios pequeñísimos, y hasta que uno se habitúa es recomendable mantener los ojos cerrados. Y allí se usa la bocina constantemente, es un modo de expresión, no como en España, donde pitamos por enfado o por ira. 

                     

                     Puesto de Guanábanas,  una fruta impresionante y, aunque parezca un huevo de Allien, exquisita.

     Nada más llegar, nos sumegimos en el trabajo y poca cosa pudimos ver. Me impactó la educación, la cordialidad, la amabilidad de la gente. Y lo bien que hablan. ¡Cómo se expresan los colombianos! Pudimos pasear un poco por el barrio de la Candelaria, la noche de  Halloween, que se celebra muchísmo, visitar a toda prisa  el nuevo Museo del Oro (¡espectacular! y eso que no  pudimos hacer el recorrido completo porque nos esperaban en otro sitio. ), fotografiar la plaza de Simón Bolivar y poco más. Pero el Sábado tuve la ocasión de ver Bogotá en todo su esplendor porque subimos andando al santuario de Montserrate, a pesar de que nuestros anfitriones nos dijeron que cómo-se-nos -ocurría...¡andando!¡qué locura!, que si la presión, que si no es lo mismo subir una montañita en España que las escaleras de Montserrate, que no se nos ocurriera desayunar nada porque lo vomitaríamos todo, etc, etc... Ibámos algo preocupadillos, pero no nos amedrentaron. Y nos unimos al grupo que nos invitó a subir con ellos. Gente estupenda todos ellos. Aguantamos como campeones, no vomitamos, y disfrutamos de cada minuto de subida. Despacito, charlando (poco) y respirando. Al llegar paseamos por el santuario y los jardinas  y nos regalamos un suculento desayuno en el que ingerimos todas las calorías que habíamos perdido con el ejercicio.

Vista de Bogotá desde Montserrate: aquí fué donde aprecié lo grandísima que es la ciudad, ocupa casi todo el velle y sube, como una alfombra, por las laderas de las montañas.

                                         

Dentro del santuario, hay todo un pasillo lleno de plaquitas de agradecimiento a la Virgen.

Y en la subida: cruces