La Coctelera

estrellaval

20 Noviembre 2008

EL CASTILLO DEL PRÍNCIPE NEGRO, por Isabel Dema ( Capitulos IV y V )

CAPÍTULO IV

Pascual se acercó a todo correr a la panadería. El señor Anastasio estaba sentado tras el mostrador y ni levantó la vista. Era la viva imagen del mayor abatimiento. ¡Su Tania! ¿Dónde estaría? ¡Su querida Tania!

-¡Se acercan forasteros! Por el camino se ve una tartan a y van dos hombre en ella.
-¿Forasteros?- preguntó una vecina, mientras recogía el pan que le servía la mujer del panadero- ¿Forasteros en el pueblo? no me gusta... suelen traer desgracias. Acordaros de la forastera que vino.
-Es verdad. Tania desapareció- dijo otra.

Al oir el nombre de su hija, el panadero despertó de su doloroso sopor. Miró a Pascual mientras se incorporaba.

-¿Tania?¿Se sabe algo de mi hijita?- preguntó esperanzado.
- No, señor Anastasio - contestó Pascual-, pero hacia el pueblo se dirigen dos forasteros.
- A lo mejor saben algo - se animó el panadero-. Vamos a preguntarles.

Rodrigo y Dimas estaban asombrados. Su tartana era vistosa, con su toldo nuevecito y los magníficos caballos, pero ésto no justificaba en absoluto la expectación que levantaban y que se hizo evidente nada más llegar a los arrabales del blanco y bonito pueblo. Las buenas gentes salían a verles pasar y les seguían en su recorrido hacia la plaza. y, claro, cu ando se pararon frente al ayuntamiento, un gran gentío les rodeaba.

-Muy buenos días, señores- dijo Rodrigo con su preciosa voz.
-¡Buenos días!¡Buenos días!- contestaron amablemente los lugareños.
-¿Qué pasará aquí?- se preguntaba Dimas.

No iban a tardar en saberlo. La gente abrió camino a un hombre grueso, de cara simpática, que salía de una panadería.

-¡Bienvenidos!- y levantó la mano a guisa de saludo. Los forasteros tenían aspecto de buenas personas.
-¿Les ocurre algo?- Rodrigo se dió cuenta enseguida de la angustia del hombre- ¿Podemos ayudarles?.
-Su hija ha desaparecido. Tal vez la hayan visto.
-¿Desaparecido?¿una niña?- Rodrigo y Dimas se miraron- ¿Cuándo fue eso?
- Ayer. Salió con una forastera y no han vuelto.
-¿Una forastera?- preguntaron al unísono los viajeros.
-Si, Si - y todos empezaron a hablar a la vez.

A pesar del guirigay que se organizó, Rodrigo y Dimas se enteraron de lo sucedido.

-¿Dónde está el caballo?- preguntó, temblando, el joven enamorado.
-Lo tengo yo- dijo el señor Anastasio- Ya está herrado y dispuesto.-y entrando por un postigo lateral al lado de la panadería, desapareció en un pequeño huerto para volver inmediatamente con el noble bruto.
-¡Es él!- lo reconoció Dimas- Es Viento, el potro de mi amada. Esa es su silla...-no pudo continuar. La emoción ponía un nudo en su garganta.
-¡Tranquilo!- dijo Rodrigo-. Que el caballo perdiera una herradura no estaba en los planes del Príncipe Negro. Seguro que hubiera querido llevársela del tirón.
-Hacía mucho, muchísimo tiempo que no desaparecían niños del pueblo- y las palabras de la anciana tenían la autoridad que le conferían sus muchos años. Era evidente que sabía de lo que hablaba.

Y Rodrigo bajó de la tartana.

CAPÍTULO V

Los caballos mantenían un trote vivo y uniforme, pese a la dificultad del camino que discurría serpenteante entre colinas y abruptos montes, siempre hacia arriba. Cada vez más cerca se veían las negras montañas, donde el malvado Príncipe tenía su castillo. Ahora eran tres los caballos que tiraban de la tartana, que había aumentado su peso con una grandes latas de pintura. La vieja le había dicho a Rodrigo:

- Llevaos pintura. No sé cómo, pero mi abuelo decía que era la única forma de luchar contra el malvado Príncipe Negro.

Y Rodrigo, que hacía mucho caso de los consejos de los mayores y por eso era tan sabio, cargó, además, unas potentes pistolas para las pinturas. El tercer caballo no era mala idea, por si la princesa lo necesitaba.

No llevaban mucho tiempo de camino, cuando de repente....

-¡Un lago!- exclamó Dimas.

En efecto, al revolver una esquina del camino, antes sus ojos se extendía un enorme lago, de aguas turbulentas y sombrías. En el centro, un escarpado promontorio rocoso servía de base al terrible castillo de altísimos muros.

-¡Un lago!- se asombró Rodrigo- En los planos no consta.
-Estábamos preparados para cruzar un foso, no ésto- se desanimó el joven Dimas.
-¡No hay problema! Con la tartana, que es muy fuerte y de buena madera, podemos improvisar una especie de esquife. Con la lona hacemos la vela y las lanzas del enganche nos servirán de timón y remos. ¡No hay problema, Dimas!
-¿Y quién guiará el esquife? Porque estas aguas no parecen fáciles.
-Tienes razón- le contestó Rodrigo.- Aquí hay corrientes ocultas y peligrosas, pero tengo el título de patrón de barco y llegaremos a los muros del castillo sin novedad.

Dimas no contestó. Pensó para su coleto qué ser excepcional era Rodrigo y el privilegio que suponía para él haberle conocido.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

tibetanox

tibetanox dijo

Mira qué casualidad y no es por presumir, es por lo curioso, yo también soy patrón de barco, esto está interesantísimo, a ver qué pasa.

Besos

20 Noviembre 2008 | 12:15 AM

estrellaval

estrellaval dijo

Mira tú por dónde! ya sabía yo que eras un ser excepcional como el insigne, inteligente, sensible, Don Rodrigo ( mi madre se " inspiró" para crearlo en mi hermano; bueno, prácticamente lo calcó, exagerando un pelín su espíritu aventurero ) .

Dentro de poco, más.

Besos, Tibetanox!

20 Noviembre 2008 | 01:39 PM

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Sobre mí

Datos físicos... mujer, blanca, de más bien mediana estatura, complexión delgada pero fuerte, rubia venida a menos con la edad, que es (ejem) indefinida (la edad). Estado civil: divorciada. Hijos: dos. Trabajo: si, afortunadamente. Aficiones: leer, jugar, conversar, aprender, escribir, bailar, montar en bici, pasear por el campo, por la playa, montar a caballo, jugar al tenis, viajar, recolectar (conchas, moras, acerolas, higos...), escribir, escuchar la radio, música, cantar (muy mal), jugar a las palas...

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