CAPÍTULO II

-Están desapareciendo los buenos canteros- refunfuñó el sabio especialista, mientras contemplaba una piedra, labrada casi en ángulo -¿Y ésto quieren encajarlo ustedes en la arquivolta?- se volvió a los hombre que trabajaban -No coincide en absoluto. Tiene que ser redondeada, semicurcular.

-Sí, don Rodrigo - contestó uno de los hombres -, pero hemos conseguido que encaja perfectamente y, ahora, una vez puesta, mataremos el ángulo y quedara perfecta y nueva.

-Demasiado nueva. Tengan cuidado con la argamasa,

-¡Qué tio más chinche!- comentó un joven cantero, al alejarse Don Rodrigo.

-Pero es un sabio. Nadie en el mundo sabe tánto como él de castillos medievales- comentó el hombre mayor que había trabajado con otros arqueólogos y sabía lo que se decía.

En verdad, a simple vista se notaba que era muy sabio. Menudo y enjuto, su cuerpo irradiaba fuerza, Era corriente verlo pasar lentamente por los adarves de los altos muros, saltando sobre nidos de avispas y espantando lagartijes, sin que su firme cabeza perdiera ni un ápice de su magnífico equilibrio.

Una poblada barba, algo descuidada, como deben ser todas las barbas de los sabios, disimulaba su espléndida juventud, que, empero, se traslucía en el brillo de su mirada, ora con gafas, ora con lentillas, y en la alegre espontaneidad de su sonrisa. Resumiendo: era un sabio encantador.

-¡Don Rodrigo! ¡Don Rodrigo!- un chiquillo se acercaba a todo correr- ¿Dónde está Don Rodrigo?- preguntó a los canteros.

-Me parece que se dirigía a la Torre del Homenaje. Está enamorado del donjón- dijo uno.

- Y del tetracúspide- añadio otro.

-¡No, hombre , no! ¡Que eres un ignorante! es el tetrábside - porque siempre hay uno más sabihondo.

Todos habían parado en su trabajo y miraban al chiquillo con curiosidad.

-El rey le manda ir urgentemente a palacio- aclaró, contestando a la muda pregunta de los canteros.

-¡Claro! Tendrán alguna duda y ¡como es tan sabio...!

Y los golpes volvieron a sonar en la apacible tarde, rompiendo el silencio de las vetustas piedras.

CAPÍTULO III

El joven Dimas estaba muy preocupado. El mozo, apuesto y de mirada alegre, se sentaba junto a Don Rodrigo en el pescante de la tartana que su padre, el molinero, les había proporcionado.

-Es rarísimo que María no fuera anoche por el molino. Me prometió que daría calabazas a su sombrío pretendiente y, luego se pasaría a contarme cómo fué la entrevista.

-Ya sabes lo que se comenta en la ciudad- le contestó Rodrigo. Todos vieron como una sombra oscura envolvía a la princesa cuando se alejaba galopando en su caballo.

- ¿Sugiere usted -era respetuoso el joven Dimas- que esa sombra forzó el camino de mi amada?

- No me cabe la menor duda. He oído comentarios nada tranquilizadores sobre ese tremendo personaje. Ahora recuerdo un documento del siglo XII que hacía referencia a la desaparición de niños y al Señor de la Montaña Negra.

-¿Podéis leer esos extraños documentos?- se asombró Dimas.

-¡Bah!- dijo Rodrigo, restándole importancia- Soy especialista en paleografía y diplomática.

El joven molinero le miró boquiabierto. ¡Qué sabio era! ¡Y qué contento se sentía por poder acompañarle!

-Pero en el siglo XII sería su ta-ta-ta-ta-tatarabuelo.

-¡Quién sabe!- musitó enigmático el sabio Don Rodrigo.

Volvó la vista, comprobando que el teodolito iba perfectamente sujeto. Pkanos, de gran detalle, con cotas de diez metros; escuadra y cartabones; varios compases; material fotográfico... Pensaba que nohabía olvidado nada. El Principe Negro no podría extrañarse de que se acercara a su impresionante castillo. Por muy aislado que viviera, hasta él tenía que haber llegado la fama mundial del gran arqueólogo. Dimas pasaría por su ayundante.

En ningún momento sintió miedo. Cuando los atribulados reyes le pidieron ayuda, no lo dudó:

-¡Os traeré a vuestra bella princesa sana y salva!

El paso siguiente de Don Rodrigo fue hablar con el hijo del molinero. Cuano le pidió acompañarle, aceptó encantado. Parecía valiente y despierto. Por eso les encontramos juntos, camino de las montañas. Dos espléndidos caballos, de las cuadras reales, tiraban de la tartana. No eran animales de tiro, sino fogosos potros, ya que Don Redrigo pensaba que ante cualquier posible dificultad, al omos de semejantes animales, podrían alejarse rápidamente del peligro. La valentía de nuestro héroe no estaba reñida con la prudencia.

- Dimas, tienes que aprender a manejar el teodolito.