Cádiz era un balcón

que quiso echarse a volar…

por pura curiosidad.

Poca tierra para estar

y mucha frivolidad;

que es novia y se lo decían:

“Señorita de la mar”

Pero las alas del vuelo

se le llenaron de sal;

le señalan las gaviotas

que es mejor quedarse acá

y ver la vida pasar

-para qué y qué más da-

en un balcón de entresuelo,

olas que vienen y van.

Dedicado a José Mª Pemán