SOBRE LA INFANCIA
Cuando era niña vivía en un perpetuo asombro, en un constante descubrimiento. Todo era nuevo: emociones y paisajes, íbamos cambiando día a día, nuestro cuerpo crecía -unos más que otros-, y el modo de ver las cosas variaba cada minuto. Durante la infancia, cuando nuestra capacidad de frustración aún no era adolescente, la vida era un parque de atracciones. Aprendíamos constantemente, en la cocina, de la tata que me enseñaba a hacer croquetas, a batir huevos, a pelar patatas, de mi madre de su imaginación, su creatividad, su sentido del humor e inteligencia; de mi padre, supimos que la poesía hay que recitarla, a servir el whisky con sifón y supimos de la autoridad, de la política y de la honestidad; aprediamos los unos de los otros, tan iguales y tan distintos, de la gente que venía a casa, de las salidas en coche (Cómo era posible meternos todos, con perro, tata y abuela incluidos??), tantas canciones, desde las moscas familiares y revoltosas de Serrat y Machado, hasta vamos agarraditos los dos de María Dolores Pradera, desde la isla de uruguay hasta el dedo tras la puerta (inventada por mi madre, que a veces era y es una pesada cabezona, que nos obligaba a cantar hasta los veinte dedos perdidos tras la puerta), de mi hermano Pedro, el mayor, historias de miedo, rebeldía. A pesar de la distancia que nos separaba, yo sentía una curiosidad insaciable por su vida, sus novias, sus amigos. De Maribel la segunda, los volcanes, qué bien los aprendí con ella, America, Chicago, Neil Diamond, The Carpenters, la música por las noches en el tocadiscos, y a cepillarle el pelo mientras se quedaba dormida, a hacer recaditos y a cobrarlos, y la misma curiosidad por su vida, De Rodrigo, a hacer el pino, podía subir y bajar escaleras boca abajo, la voltereta lateral, levantar las cejas para los duples, su ironía y su agudeza, su inteligente desfachatéz cuando se hizo adolescente.... hubiesemos podido aprender mucho más pero éramos tres y tres, y existía cierta separación entre los mayores y los pequeños. De la Tati, a hablar, a expresarme, apredimos a aburrirnos, le copié la afición a leer aunque no hubiese dibujitos, a la novela romántica de Maria Luisa Linares, a Zane Grey, a confesarme, y tragar las críticas- De ella aprendí que la constancia es una garantía. Y de Ale, mi hermano pequeño...a reconocer en mí el sentimiento del amor al ver a ese niño tan guapo y tan bueno, la diversión, el juego, a sentirme mayor siendo una niña.
Qué afortunados fuimos, todos. Os quiero mucho. A todos.




supertati dijo
De la tatitreshi, exagerada hasta el pelo en la infacia, reservada en la adolescencia y transhumante en la juventud descubrí la pasión; una capacidad de ser feliz o desgraciada que abrumaba. Descubrí en la ostra de Toledo que guardaba las dos perlas que para que se abra un corazón tienes que abrir el tuyo primero, descubrí que éramos tremendamente parecidas aunque para mí siempre fue más sociable, más buena y con una capacidad de enamorar que comprendo perfectamente.
Y ahora aprendo que cada día que pasa la hace mejor persona y que el mundo es un lugar mejor cada vez que ella lo pisa.
24 Marzo 2008 | 09:48 PM