Categoría: RECUERDOS
24 Noviembre 2008
El día 14 de Noviembre volví de Colombia después de pasar un par de semanas increibles; el choque con la realidad, perdón, con lo cotidiano (aquello fué absolutamente real, aunque haya sido como un sueño), me ha mantenido "ocupada", asimilando el golpe, el jetlag... ¡En fin! Me he dejado sumir en un proceso pseudodepresivo y melancólico algo "chungo" del que espero salir victoriosa. Pero durante estos minutos que robo de mi rutina, voy a volver a Colombia para recordar paisajes y personas, increibles los unos y las otras.
Llegamos a Bogotá (El Dorado) a las seis de la mañana y la primera impresión que recibí fué la de una ciudad con un tráfico endiablado. Una locura. La gran mayoría de los taxis son coches pequeños y van, siempre que no hay trancón (atasco colosal del que es muy dificil librarse), a mucha velocidad, pasan entre espacios pequeñísimos, y hasta que uno se habitúa es recomendable mantener los ojos cerrados. Y allí se usa la bocina constantemente, es un modo de expresión, no como en España, donde pitamos por enfado o por ira.

Puesto de Guanábanas, una fruta impresionante y, aunque parezca un huevo de Allien, exquisita.
Nada más llegar, nos sumegimos en el trabajo y poca cosa pudimos ver. Me impactó la educación, la cordialidad, la amabilidad de la gente. Y lo bien que hablan. ¡Cómo se expresan los colombianos! Pudimos pasear un poco por el barrio de la Candelaria, la noche de Halloween, que se celebra muchísmo, visitar a toda prisa el nuevo Museo del Oro (¡espectacular! y eso que no pudimos hacer el recorrido completo porque nos esperaban en otro sitio. ), fotografiar la plaza de Simón Bolivar y poco más. Pero el Sábado tuve la ocasión de ver Bogotá en todo su esplendor porque subimos andando al santuario de Montserrate, a pesar de que nuestros anfitriones nos dijeron que cómo-se-nos -ocurría...¡andando!¡qué locura!, que si la presión, que si no es lo mismo subir una montañita en España que las escaleras de Montserrate, que no se nos ocurriera desayunar nada porque lo vomitaríamos todo, etc, etc... Ibámos algo preocupadillos, pero no nos amedrentaron. Y nos unimos al grupo que nos invitó a subir con ellos. Gente estupenda todos ellos. Aguantamos como campeones, no vomitamos, y disfrutamos de cada minuto de subida. Despacito, charlando (poco) y respirando. Al llegar paseamos por el santuario y los jardinas y nos regalamos un suculento desayuno en el que ingerimos todas las calorías que habíamos perdido con el ejercicio.

Vista de Bogotá desde Montserrate: aquí fué donde aprecié lo grandísima que es la ciudad, ocupa casi todo el velle y sube, como una alfombra, por las laderas de las montañas.

Dentro del santuario, hay todo un pasillo lleno de plaquitas de agradecimiento a la Virgen.
Y en la subida: cruces

servido por estrellaval
12 comentarios
compártelo
19 Octubre 2008
De esta edición príncipe se han tirado seis ejemplares numerados del 0 al 5 en papel "CANON PAPER DRY" A4 , 210x297,80 GSM en máquina CANON NP1215
EJEMPLAR Nº 3

INTRODUCCIÓN:
-¡Mi pequeña Tania ha desaparecido!- el rostro del orondo panadero expresaba una gran preocupación.
-Dicen que salió con la guapa forastera que llegó al pueblo anoche- comentó una vecina que llevaba una hermosa lechuga en sus manos.
-¡Ah! ¡La forastera! Le preguntaremos a ella-dijo el panadero-. El herrero sabrá dónde está.
-¿Por qué el herrero?-preguntó la anciana que se sentaba en un poyo a la puerta de su blanca casita.
-Es que su caballo perdió una herradura y lo dejó para que se la pusieran de nuevo-. Esto lo dijo la mujer de la lechuga.
Y el panadero salió de estampida para preguntar al herrero. No se le borraba el gesto preocupado y caminaba deprisa, a pesar de lo gordo que estaba. Los vecinos salían de sus casas y le seguían de lejos. Era un pueblo pequeñito y todos sabían ya que la pequeña Tania había desaparecido.
-Seguro que aparecerá. Nuestros hijos saben muy bien por dónde pueden ir y por dónde no- susurraba bajito una mujer al oído de su marido. Tenía cuatro hijos pequeños y estaba un poquito asustada.
-¡Nuestros hijos sí, pero no la forastera!- rezongó el marido.
-¡Ay, Pascual!- se llamaba Pascual- ¡Ay, Pascual, no me asustes!
-Pero no seas tonta, mujer, que acabamos de dejar a los niños en casa, jugando tan tranquilos.
Otro vecino que les escuchó, porque al final habían levantado la voz, intentó sosegar los ánimos:
-Hace muchos años que no desaparecen niños en el pueblo.
-¡Es verdad!¡Es verdad! -se decían unos a otros, disimulando la inquietud que sentían todos.
Entretanto habían llegado a la herrería. Cuando el panadero entró, los vecinos, que cada vez eran más numerosos, esperaron fuera. Al poco rato, el panadero, el señor Anastasio, salió llevando del ronzal un precioso caballo. Su cara lo decía todo: ¡Tania y la forastera no estaban!
-Va a anochecer- dijo Pascual- hay que salir a buscarlas.
-¡Si, si, vamos!
Y los amables vecinos fueron a sus casas por luces y mantas y algún cordel. Todos querían pensar que tal vez se habían caído por algún barranco o perdido en alguna cueva. Las encontrarían y volverían al pueblo con ellas y todo quedaría nada más que en un buen susto. ¡Hacía tanto tiempo que no pasaba nada!
El pueblo se quedó vacío. En la distancia se perdían las voces que llamaban:
-¡Tania! ¡Taniaaaaaa! ¡Tania!- cada vez más lejos.
Solo la anciana que era muy, muy vieja, se quedó sentada a la puerta de sus casa, viendo cómo anochecía. Los árboles de la plaza estaban silenciosos.
-Los pájaros se han ido- recordó- ¡Qué desgracia tan grande, Señor! La sombra negra de la maldad vuelve a nuestro pueblo. ¡Ay, qué desgracia tan grande...! ¡Pobre pequeña Tania! ¡No volveremos a verla!
servido por estrellaval
4 comentarios
compártelo
6 Octubre 2008

Este Sábado pasado hemos celebrado en Cádiz las bodas de oro de mis padres. Y después de cincuenta años, de seis hijos, de diez nietos, de sabores y de sinsabores, de placeres y de tristezas, de rencores y de ausencias, de risas, llantos, de esperas, después de esa cantidad de años, nos hemos reunido los seis hijos en casa de mi hermano Pedro -el primogénito- y de Ana en San Fernándo. Hemos conseguido sacar a mi madre de casa (mi padre estaba más que dispuesto y deseando hacer cualquier esfuerzo para estar con nosotros) y hemos pasado unas horas preciosas, desde mi punto de vista, juntos. Yo he disfrutado casi de cada momento, pero sobre todo me ha encantado ver a mi padre satisfecho y bastante feliz, hasta el punto de dedicarnos unas palabras que me recordaron al Pedro de hace unos cuantos años en cuanto a lucidez y dicción; sin embargo estaban enriquecidas por un sentimiento al que no puso límites ni el pudor ni la autoridad ni el patriarcado. Apuró todo lo que pudo la sobremesa , incluso accedió de buen grado a darse un paseo con nosotros por la alameda a pesar de estar cansado. La tarde nos regaló una temperatura fabulosa y una luz maravillosa.

He aquí uno de los dos centollos que degustaron mis padres con fruición. El resto nos conformamos con langostinos, cañaiñas, camarones, jamón y lomo del bueno, queso , carne, burgaillos, mejillones y pulpo (que estaba de muerte)

Me temo que alguno que otro ha sufrido las consecuencias del comer y del beber.... que cuando los padres de uno celebran cincuenta años, es que ya se está entrando en esa cierta edad en la que el estómago ya no está a prueba de bombas. Pero MIRAD QUE PLATO DE MARISCO:
Y los ibéricos:
Un poco desenfocados, pero buenísimos. Un día estupendo.
Muchas gracias a todos por poner el mejor ánimo y muchas gracias especialmente a Pedro y Ana por abrir su casa, y por TODO, sus buenas ideas (GENIAL LA TARTA) y su generosidad.
Postdata para Ana: mis disculpas por tener esa rara habilidad para romper de dos en dos copas de cava de cristal de bohemia - y de tu tía, más importante que si el cristal es de Bohemia o de IKEA. ¡Lo siento muchísimo!
Isabel y Pedro. 3-10-08
servido por estrellaval
18 comentarios
compártelo
23 Abril 2008
Durante una de las veladas de mi último viaje a Cádiz, en casa de Pedro y Ana, hermano y CUÑADA, que me alojan y miman cada vez que vamos, entre copa y copa de vino, los "mayores" -que sí, que lo sois- se pusieron a recordar los veranos en Conil, y lo pasámos genial compartiendo anécdotas de unos y de otros; yo particularmente asombrándome de muchas cosas y rescatando historias, paisajes que tenía enterrados en la memoria. Es curiosa la sensación de ASOMBRO, que te sobreviene: ¿Como es posible que hubiera olvidado AQUELLO?.
Cuando terminabamos el colegio, mis padres nos metían a todos en el coche, cinco o seis hermanos, dependiendo del año, Francisco, el hijo de Frasquita, la Tata, Paco, nuestro perro, y alguna abuela que otra en ocasiones. Salíamos de Cádiz hacia Conil todos apretujados, cantando e imagino que sudando a chorros, donde Frasquita tenía su casa. Estaba al final de una cuesta muy empinada, tenía dos pisos y una azotea llena de cielo. Mis padres nos dejaban allí al cuidado de la Tata y de su familia y se volvían a Cádiz a cumplir con sus obligaciones ( y con sus devociones, por supuesto).
Allí corríamos bastante libres, sobre todo los mayores, que contaban con Francisco que les introdujo en las "costumbres" locales. Ellos iban de un lado a otro, descalzos y en bañador todo el día, sin ningún tipo de control, me temo y poniéndose en peligro, según cuentan. Parece ser que en una ocasión les persiguió incansablemente una jauría de galgos salvajes y hambrientos por todo el pueblo. Desde que me lo contaron no paro de preguntarme qué hacía una jauría de perros sueltos en Conil, y por qué eran todos galgos. No me lo explico, pero me lo creo a pies juntillas. Escaparon de milagro... y yo mientras jugando a los cromos. ¡Eso sí que fueron aventuras!
Nos encantaba el Rio Porío. Nos bañábamos en el "delta" de aguas residuales que llegaba del pueblo, eso era el Rio Porío. Estaba muy calentito, y aunque había un poco de basura, se hacían unas presas estupendas con esa especie de "barro" que se formaba en la orillita, que no era igual que el de la playa abierta... tenía una consistencia diferente. Y ese olorcilo... allí cerca ponían, imagino que durante la feria, una plaza de toros de madera colorá, y os aseguro que habían cráneos de animales con largos cuernos, calientes y salados. Sé que estaban salados (¿¿los probé??).
De cuando en cuando, mis padres se dejaban caer a pasar un par de días. Cuando estaban, en vez de ir al Rio Porío, nos instalábamos en un chamizo la mar de confortable (en la foto se vé detrás) y alli mi madre nos contaba unos cuentos fantásticos por entregas. Todos los niños de la playa cuando se enteraban que estaba, acudían para oirla continuar la historia que dejó en suspenso hacía días. Se formaban unos corrillos estupendos de niños con la boca abierta. Y nosotros todos orgullosos, era NUESTRA MADRE.
Las cocinas de carbón con sus atizadores, los gallos, el pan tostado con aceite de oliva de un verde intenso, mojado en azucar, la feria, el cine de verano, Frasquita encalando la fachada de su casa...
En la foto estoy en brazos de Frasquita echándole los brazos a mi madre que solía hacer las fotos, y debió ser tomada el primer verano que pasamos allí. Posiblemente, el verano de 1966, dado que yo nací en Octubre.
Aquí os dejo estos recuerdos, puede que rescaten algunos de los vuestros.
servido por estrellaval
2 comentarios
compártelo
24 Marzo 2008
Cuando era niña vivía en un perpetuo asombro, en un constante descubrimiento. Todo era nuevo: emociones y paisajes, íbamos cambiando día a día, nuestro cuerpo crecía -unos más que otros-, y el modo de ver las cosas variaba cada minuto. Durante la infancia, cuando nuestra capacidad de frustración aún no era adolescente, la vida era un parque de atracciones. Aprendíamos constantemente, en la cocina, de la tata que me enseñaba a hacer croquetas, a batir huevos, a pelar patatas, de mi madre de su imaginación, su creatividad, su sentido del humor e inteligencia; de mi padre, supimos que la poesía hay que recitarla, a servir el whisky con sifón y supimos de la autoridad, de la política y de la honestidad; aprediamos los unos de los otros, tan iguales y tan distintos, de la gente que venía a casa, de las salidas en coche (Cómo era posible meternos todos, con perro, tata y abuela incluidos??), tantas canciones, desde las moscas familiares y revoltosas de Serrat y Machado, hasta vamos agarraditos los dos de María Dolores Pradera, desde la isla de uruguay hasta el dedo tras la puerta (inventada por mi madre, que a veces era y es una pesada cabezona, que nos obligaba a cantar hasta los veinte dedos perdidos tras la puerta), de mi hermano Pedro, el mayor, historias de miedo, rebeldía. A pesar de la distancia que nos separaba, yo sentía una curiosidad insaciable por su vida, sus novias, sus amigos. De Maribel la segunda, los volcanes, qué bien los aprendí con ella, America, Chicago, Neil Diamond, The Carpenters, la música por las noches en el tocadiscos, y a cepillarle el pelo mientras se quedaba dormida, a hacer recaditos y a cobrarlos, y la misma curiosidad por su vida, De Rodrigo, a hacer el pino, podía subir y bajar escaleras boca abajo, la voltereta lateral, levantar las cejas para los duples, su ironía y su agudeza, su inteligente desfachatéz cuando se hizo adolescente.... hubiesemos podido aprender mucho más pero éramos tres y tres, y existía cierta separación entre los mayores y los pequeños. De la Tati, a hablar, a expresarme, apredimos a aburrirnos, le copié la afición a leer aunque no hubiese dibujitos, a la novela romántica de Maria Luisa Linares, a Zane Grey, a confesarme, y tragar las críticas- De ella aprendí que la constancia es una garantía. Y de Ale, mi hermano pequeño...a reconocer en mí el sentimiento del amor al ver a ese niño tan guapo y tan bueno, la diversión, el juego, a sentirme mayor siendo una niña.
Qué afortunados fuimos, todos. Os quiero mucho. A todos.
servido por estrellaval
9 comentarios
compártelo