Categoría: ISABEL DEMA
28 Enero 2009
En fin de año bajé a Cádiz para pasar unos días con mi familia; una tarde, en casa de mis padres, mi hija se puso a cotillear entre albums de fotos (¿o álbumes?) y, en un momento dado, se deslizó ésta al suelo. Yo me maravillé -como la Lola Flores- y mi madre, a la que últimamente le sobra todo, se apresuró a regalármela.
Aquí os la dejo; es una fotografía del cincuanta y ocho. Con ella quiero homenajear a la juventud, a la ilusión, a la belleza... Quisiera que mi madre hubiese podido ser capáz de entender que esa de ahí es ella, sigue siendo ella, que su juventud, su ilusión y su belleza, podrían seguir a su lado. Porque se puede ser joven hasta el final, bella en la vejez y capáz de sentir ilusión en un cuerpo de setenta y tantos años .si no hubieso decidido darle la espalda hace ya bastante tiempo. Recuerdo que desde pequeñita, hablando sobre su madre, mi yaya, me decía que le dolía envejecer, que ese dolor le hacía abandonarse y que eso le suele pasar a las mujeres bellas. Puede que ya se estuviese aplicando la misma historia. Es muy triste.
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27 Diciembre 2008
CAPITULITO X
-¡Camarones y burgaillos! ¡Oh, no!- sollozó la princesa.
Era demasiado. Miró con ojos hambrientos la apetitosa bandeja. Una especie de bruma la envolvía. Dió un paso adelante... Se paró y, dando media vuelta, se dirigió al arcón. Subiéndose encima, llegaba con relativa facilidad al borde interior de la ventana.
-Si me asomo al exterior, se irán estos olores- dijo para si.
Como era esbelta, cabía bantante bién. El anchísimo muro la recogía entera.
-¡Arroz tres delicias!-y lloraba a lágrima viva. ¡Pobrecita!
Asomó la cabeza, respirando profundamente. Ante sus ojos se extendía el espléndido patio de la fortaleza.
-¿Qué es eso?¿Quién cruza el patio? A ese no le conozco, pero aquel que se dirige al muro me parece Dimas, mi amado...¡Es él! ¡Seguro! Vienen a salvarme...¿Cómo salgo?- el alborozo a la princesa le duró poco.
Miró hacia abajo y se le heló la sangre. La altura era espantosa. Era el único camino, pero un camino peligrosísimo.
-¿Qué haré?-se retorció las manos, llena de angustia.
Volvió a la habitación. Ya no se enteraba del olor a pimientos fritos, que le encantaban. Miró las fuertes cortinas del dosel y una idea muy original brotó de su cabeza. La bandeja mostraba un afiladísimo cuchillo para trinchar el asado. Lo cogió y se dirigió rápidamente al lecho.
-Tengo que darme prisa. No hay tiempo que perder.
Con total decisión, comenzó a hacer tiras la fuerte tela, anundándolas luego entre sí. Como las cortinas eran amplias y voludas, consiguió una tira muy, muy larga. La pasó por debajo del pesado arcón y ató el otro extremo. Lo dejó caer por la ventana...
-Llega!- comporbó con alegría-, llega al suelo. La valiente princesa engancho una pierna en la tira, dando también una vuelta a la cintura, y volviéndose de espaldas, empezó al deslizar el cuerpo hacia le vacío exterior.
-Los nudos me facilitarán el descenso- se dijo.
Sujetando la doble tira con ambas manos, comenzó a soltar una de ellas y así, poco a poco, inició la arriesgada bajada. No tenía miedo de que pudieran verla desde abajo. Sabía que Dimas y su compañero tendrían que enfrentarse al Príncipe Negro y nadie se iba a entretener mirando hacia la torre de su lujosa prisión. Sin mirar abajo, la princesa descendía. Ya le faltaba poco, estaba segura. La sobresaltó un gruñido atroz....
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27 Diciembre 2008
CAPITULITO IX
Es asombrosa la colección de fósiles que poseéis- dijo Rodrigo, boquiabierto ante las maravillas entrevistas durante el breve trayecto.
-Sí.- el caballero contestó escuetamente. No estaba dispuesto a dar muchas explicaciones.
-El utillaje prehistórico es digno del mejor museo. Su conservación es perfecta.
-Sí- breve, pero halagado en el fondo por la sincera admiración de Rodrigo.
La mesa, perfectamente aderezada, ofrecía las viandas más apetitosas que imaginar pudiera el paladar más exigente. Rodrigo, que era muy austero, no se inmutó, pero a Dimas se le alegró todo el aparato digestivo. Desde que salieron en busca de su princesa, sólo habían comido un bocadillo de chorizo en el pueblo de la pequeña Tania.
-¿No tenéis vino Don Simón y Casera?- preguntó el austero.
El príncipe quedó desconcertado. ¡Eso si que no se lo esperaba!. Podía con sus artes mágicas satisfacer el extraño capricho del joven sabio, pero no quería descubrirse.
-Lo siento muchísimo, pero a estos alejados parajes no llega todo lo que yo desearía.
-Mhan praído mu intantes la olción de unscritos del glo XII- a Dimas se le trababa la lengua, por el miedo y el lingotazo de oscuro y exquisito Burdeos, que Rodrigo despreciara.
Rodrigo le miró sobresaltado, ¿Qué le pasaba a Dimas?¡No se había enterado de nada!
-¡Losssss ma nussss critosss... de la bi bli o te ca..- casi deletreó. Se había decidido a hablar, porque el Príncipe Negro iba a creer que era mudo.
-¡Ajá!-contestó el Príncipe, sin comprometerse.
-Sorprende la austeridad de la fábrica. El parapeto no tiene ni el mínimo ornato que supondría algún sofito- comentó Rodrigo, mientras troceaba una pechuga de faisán dorado del Amazonas, guarnecida con lenguas de colibrí.
-Ni un sofito siquiera- dijo el molinero, como si detectar sofitos fuese para él de lo más cotidiano.
-Me permito recordarles las ladroneras- se defendió su anfitrión.
-Sí, ya me he fijado- aseveró Rodrigo-. Ese doble can abocalado sobre el que se asientan lo he admirado en otros lugares.
-Eso, eso...- y Dimas se bebió otro vaso de vino.
En ese instante, un extraño gruñido les sobresaltó. Dando un salto sobre la mesa, el niño del sillar tomó con su boca una magnífica pierna de cordero y desapareció escaleras arriba, dejando todo el mármol perdido de grasa.
-¿¿¡¡Qué es ésto!!?? - rugió más que dijo el Príncipe _Negro, levantándose de un salto- ¡Ah, traidores, felones y bellacos!!¡Malandrines!
-¡Hombre! No es para tanto- quiso contemporizar Dimas.
-¡Fortgfiss!¡Grotoutggrsss!
Mientras el Príncipe Negro se desahogaba con terribles palabras y sonidos extraños, que iban degenerando en feroces gruñidos, Rodrigo y Dimas salieron corriendo. No era un buen momento para la conversación.
-Vé al sillar del muro y tráete al patio los botes de pintura y las dos pistolas. ¡Corre! -apremió Rodrigo al joven.
En uno de los frentes, una rara catapulta mostraba, en lo alto, un cestillo de acero, de bordes afilados, llenito de pequeñas piezas metálicas; auténtica metralla. Rodrigo, sin dejar de correr, empujó el cestillo hasta ponerle horizontal, tensando la cuerda que le sujetaba al último borne. Con el corazón a cien por hora, se escondió detrás de aquella guerrera pieza de museo.
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5 Diciembre 2008
CAPÍTULO VI
-¿Dónde estoy?
La princesa no era muy original. Pero despertarse y no reconocer el lugar, siempre desconcierta. Hay que disculparla. Se sentía descansada, aunque tenía el cuerpo lleno de arañazos y magulladuras. Su precioso vestido nuevo era, casi, un harapo. Los espinos del monte se lo habían destrozado, mientras luchaba contra la poderosa fuerza que le impelía a seguir una dirección que ella no desaba.
Miró a su alrededor. La habitación era muy espaciosa, pero con poca luz que penetraba por una estrecha ventana, de medio punto, abocinada. En la semipenumbra, se distiguían muebles oscuros y fuertes con ricos candelabros de plata. Un arcón, bellamente labrado, se apoyaba en el muro, bajo la ventana. Ella se encontraba en un amplio lecho con dosel, sobre una gran manta de piel, tal vez de oso, muy abundantes por aquellos parajes. La princesa se incorporó apoyándose sobre un codo.
-¿Dónde estoy?- volvió a preguntar.
-En mi poder-respondió una voz, justo al lado de su linda cabecita.
Volvióse sobresaltada y allí, tan cerca que casi podía tocarle, se hallaba el Príncipe Negro. Sentábase en un sillón de tipo frailuno y sus pies descansaban en lujoso escabel de terciopelo negro, primorosamente bordado en plata. O sea, el malvado caballero estaba bastante repantingado.
-¡Oh!- exclamó la bella.
-¡Sí!- contestó el Príncipe.
-¡Ah!- tembló ella.
-¡Hummmmm!- murmuró él.
Mientras se desarrollaba este interesante diálogo, el caballero se había incorporado y, ahora se encontraba frente a la postrada princesa, mirándola fijamente.
-Te he traído junto a mí, porque quiero casarme contigo. Ya te lo dije en tu palacio. A mí nadie me da calabazas.
-¿Me has raptado?
-No. Viniste tú solita. Bueno, con una mocosuela que ya está en buen recaudo.
-¿Qué has hecho con Tania, asqueroso malvado? Nosotras no queríamos venir. Una fuerza inexplicable nos empujaba.
-Tardaste más de lo debido. Si no llega a perder la herradura tu caballo, ya estaríamos casados.
-¡Oh!- repitió la princesa.
-¡Sí!- insistió el malvado.
-¡No me casaré contigo!
-Pues es un detalle por mi parte. Con otras mujeres no he tenido tantos miramientos. ¡Nos casaremos!
-¡No, no! ¡Antes muerta!- se defendió, original, la princesa.
-¡Mírame!-ordenó.

La princesa, a su pesar, alzó los ojos, quedando prendida en la poderosa mirada del Príncipe Negro. "Me está hipnotizando", pensó horrorizada, "Se está apoderando de mi voluntad". Y cerró los ojos, llena de angustia. Su mente dibujó un rostro juvenil y alegre; unos ojos claros y expresivos; unos cabellos rubios y rizados; un cuerpo esbelto.... ¡Dimas!
Cuando abrió los ojos, miró al caballero con desprecio. Veía con claridad el halo de maldad que le envolvía. Y un gesto de repugnancia se dibujó en su cara..
-¡No me casaré contigo!- aseveró tajantemente.
La princesa se había dado cuenta de que la imagen de Dimas había roto el hechizo de la mirada infernal de su oponente. ¡Era libre!. Su mente poseía el mejor escudo posible: el escudo de su amor.
-¡Te casarás conmigo! ¡Romperé tu voluntad!- exclamó el Príncipe Negro. Y más negro aún por la ira que le embargaba, abandonó el camarín donde descansaba la bella princesa.
-¡Dimas!-murmuró ella. Y hundiendo la cabeza en la almohada, sollozó amargamente.-¡Dimas!.
CAPÍTULO VII
El esquife-tartana quedó balanceándose junto al escarpado terraplén. Una enorme roca, empujada con grandes dificultades por Dimas y Rodrigo, sujetaba la cuerda que servía de amarre a la rudimentaria embarcación. Tras ímprobos esfuerzos consiguieron subir por la abrupta ladera parte del utillaje que portaban. Con la respiración entrecortada, se sentaron al pie del oscuro muro del castillo.
-¡Vaya! ¡Fábrica de sillares dispuestos a soga en hileras irregulares! ¡Y trabados sin argamasa...! ¡Interesante!
Atrás habían quedado las procelosas aguas del lago y los minutos angustiosos de travesía. Mano firme fue la del valeroso D. Rodrigo y eficaz la ayuda del joven molinero. Ante la importante mole del castillo, nuestro arqueólogo había olvidado los malos tragos pasados.
-¿Qué decís?- se asombró Dimas.
-Que es muy interesante. Fíjate que los sillares de las esquinas aparecen sin módulo fijo.
-¡Oh! ¿Ni un módulo siquiera?
-¡Ni uno solo!- y mirole de reojo. ¿Se estaba burlando?, pero no, Dimas nunca hubiera osado tamaña descortesía.
Empezaron a dar lentamente la vuelta al muro. Se preguntaban cómo penetrar en el castillo. No se veía poterna ni postigo por ese lienzo de la muralla. La labra era basta y tal vez se pudiera trepar, pero Rodrigo era prudente y prefería encontrar un punto débil y no arriesgar tontamente sus vidas en semejante escalada.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó, sobresaltado, Dimas.
-No lo sé- contestó nuestro sabio-; he visto moverse algo entre los sillares, pero su movimiento ha sido demasiado rápido.
Pararon su marcha y observaron fijamente. Algo se movía, sí. Algo oscuro...¿Qué demonios era?.
-No puede ser- comentó el joven- , parece una lagartija.
-Es una lagartija.Una asombrosa y rara lagartija negra. Esta especie se extinguió junto a los dinosaurios. ¡Qué cosa más sorprendente! -y Rodrigo quedó encantado contemplado el raro ejemplar que entraba y salia por las junturas de los sillares.
-Si hay lagartijas quiere decir que este sillar está flojo y quizás podamos sacarlo- Dijo Dimas mostrando su gran sentido práctico.
-Cierto- reconoció Rodrigo-. Vamos a intentarlo.

Aunaron sus fuerzas y, en efecto, el sillar se movió un poquito, muy poco. Iba a ser posible. Rodrigo, hombre de infinitos recursos, buscó entre los trastos que llevaban. Cogió el trípode del teodolito, que era de un acero buenísimo, y extendió una de las patas, introduciéndola en la pequeña grieta del muro.
-¡A la de una; a la de dos y a la de...!
-¡Tres!- dijeron los dos empujando con todas sus fuerzas.
-¡Plaf!
Se miraron.
-Hemos aplastado la lagartija negra-se lamentó Dimas.
Un gruñido le contestó. Volvieron la vista al muro y allí, en el hueco que correspondía al sillar, que había desaparecido, acurrucado, se encontraba un niño. Pero ¡Qué niño!: desnudo, con los pelos hirsutos y los dientes puntiagudos que enseñaba al retraer los labios en un gesto feroz.
-¿Qué es ésto?- se horrorizó Dimas.
-Parece Mowgli-comentó Rodrigo, que no solía perder la serenidad ante nada.
El niño, gateando y gruñendo, dio media vuelta introduciéndose en el castillo por el hueco que había dejado el sillar desaparecido. Dijo Rodrigo:
-Sigamosle, porque nos ha abierto camino.
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20 Noviembre 2008

CAPÍTULO IV
Pascual se acercó a todo correr a la panadería. El señor Anastasio estaba sentado tras el mostrador y ni levantó la vista. Era la viva imagen del mayor abatimiento. ¡Su Tania! ¿Dónde estaría? ¡Su querida Tania!
-¡Se acercan forasteros! Por el camino se ve una tartan a y van dos hombre en ella.
-¿Forasteros?- preguntó una vecina, mientras recogía el pan que le servía la mujer del panadero- ¿Forasteros en el pueblo? no me gusta... suelen traer desgracias. Acordaros de la forastera que vino.
-Es verdad. Tania desapareció- dijo otra.
Al oir el nombre de su hija, el panadero despertó de su doloroso sopor. Miró a Pascual mientras se incorporaba.
-¿Tania?¿Se sabe algo de mi hijita?- preguntó esperanzado.
- No, señor Anastasio - contestó Pascual-, pero hacia el pueblo se dirigen dos forasteros.
- A lo mejor saben algo - se animó el panadero-. Vamos a preguntarles.
Rodrigo y Dimas estaban asombrados. Su tartana era vistosa, con su toldo nuevecito y los magníficos caballos, pero ésto no justificaba en absoluto la expectación que levantaban y que se hizo evidente nada más llegar a los arrabales del blanco y bonito pueblo. Las buenas gentes salían a verles pasar y les seguían en su recorrido hacia la plaza. y, claro, cu ando se pararon frente al ayuntamiento, un gran gentío les rodeaba.
-Muy buenos días, señores- dijo Rodrigo con su preciosa voz.
-¡Buenos días!¡Buenos días!- contestaron amablemente los lugareños.
-¿Qué pasará aquí?- se preguntaba Dimas.
No iban a tardar en saberlo. La gente abrió camino a un hombre grueso, de cara simpática, que salía de una panadería.
-¡Bienvenidos!- y levantó la mano a guisa de saludo. Los forasteros tenían aspecto de buenas personas.
-¿Les ocurre algo?- Rodrigo se dió cuenta enseguida de la angustia del hombre- ¿Podemos ayudarles?.
-Su hija ha desaparecido. Tal vez la hayan visto.
-¿Desaparecido?¿una niña?- Rodrigo y Dimas se miraron- ¿Cuándo fue eso?
- Ayer. Salió con una forastera y no han vuelto.
-¿Una forastera?- preguntaron al unísono los viajeros.
-Si, Si - y todos empezaron a hablar a la vez.
A pesar del guirigay que se organizó, Rodrigo y Dimas se enteraron de lo sucedido.
-¿Dónde está el caballo?- preguntó, temblando, el joven enamorado.
-Lo tengo yo- dijo el señor Anastasio- Ya está herrado y dispuesto.-y entrando por un postigo lateral al lado de la panadería, desapareció en un pequeño huerto para volver inmediatamente con el noble bruto.
-¡Es él!- lo reconoció Dimas- Es Viento, el potro de mi amada. Esa es su silla...-no pudo continuar. La emoción ponía un nudo en su garganta.
-¡Tranquilo!- dijo Rodrigo-. Que el caballo perdiera una herradura no estaba en los planes del Príncipe Negro. Seguro que hubiera querido llevársela del tirón.
-Hacía mucho, muchísimo tiempo que no desaparecían niños del pueblo- y las palabras de la anciana tenían la autoridad que le conferían sus muchos años. Era evidente que sabía de lo que hablaba.
Y Rodrigo bajó de la tartana.
CAPÍTULO V
Los caballos mantenían un trote vivo y uniforme, pese a la dificultad del camino que discurría serpenteante entre colinas y abruptos montes, siempre hacia arriba. Cada vez más cerca se veían las negras montañas, donde el malvado Príncipe tenía su castillo. Ahora eran tres los caballos que tiraban de la tartana, que había aumentado su peso con una grandes latas de pintura. La vieja le había dicho a Rodrigo:
- Llevaos pintura. No sé cómo, pero mi abuelo decía que era la única forma de luchar contra el malvado Príncipe Negro.
Y Rodrigo, que hacía mucho caso de los consejos de los mayores y por eso era tan sabio, cargó, además, unas potentes pistolas para las pinturas. El tercer caballo no era mala idea, por si la princesa lo necesitaba.
No llevaban mucho tiempo de camino, cuando de repente....
-¡Un lago!- exclamó Dimas.
En efecto, al revolver una esquina del camino, antes sus ojos se extendía un enorme lago, de aguas turbulentas y sombrías. En el centro, un escarpado promontorio rocoso servía de base al terrible castillo de altísimos muros.
-¡Un lago!- se asombró Rodrigo- En los planos no consta.
-Estábamos preparados para cruzar un foso, no ésto- se desanimó el joven Dimas.
-¡No hay problema! Con la tartana, que es muy fuerte y de buena madera, podemos improvisar una especie de esquife. Con la lona hacemos la vela y las lanzas del enganche nos servirán de timón y remos. ¡No hay problema, Dimas!
-¿Y quién guiará el esquife? Porque estas aguas no parecen fáciles.
-Tienes razón- le contestó Rodrigo.- Aquí hay corrientes ocultas y peligrosas, pero tengo el título de patrón de barco y llegaremos a los muros del castillo sin novedad.
Dimas no contestó. Pensó para su coleto qué ser excepcional era Rodrigo y el privilegio que suponía para él haberle conocido.

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27 Octubre 2008
CAPÍTULO II
-Están desapareciendo los buenos canteros- refunfuñó el sabio especialista, mientras contemplaba una piedra, labrada casi en ángulo -¿Y ésto quieren encajarlo ustedes en la arquivolta?- se volvió a los hombre que trabajaban -No coincide en absoluto. Tiene que ser redondeada, semicurcular.
-Sí, don Rodrigo - contestó uno de los hombres -, pero hemos conseguido que encaja perfectamente y, ahora, una vez puesta, mataremos el ángulo y quedara perfecta y nueva.
-Demasiado nueva. Tengan cuidado con la argamasa,
-¡Qué tio más chinche!- comentó un joven cantero, al alejarse Don Rodrigo.
-Pero es un sabio. Nadie en el mundo sabe tánto como él de castillos medievales- comentó el hombre mayor que había trabajado con otros arqueólogos y sabía lo que se decía.
En verdad, a simple vista se notaba que era muy sabio. Menudo y enjuto, su cuerpo irradiaba fuerza, Era corriente verlo pasar lentamente por los adarves de los altos muros, saltando sobre nidos de avispas y espantando lagartijes, sin que su firme cabeza perdiera ni un ápice de su magnífico equilibrio.
Una poblada barba, algo descuidada, como deben ser todas las barbas de los sabios, disimulaba su espléndida juventud, que, empero, se traslucía en el brillo de su mirada, ora con gafas, ora con lentillas, y en la alegre espontaneidad de su sonrisa. Resumiendo: era un sabio encantador.
-¡Don Rodrigo! ¡Don Rodrigo!- un chiquillo se acercaba a todo correr- ¿Dónde está Don Rodrigo?- preguntó a los canteros.
-Me parece que se dirigía a la Torre del Homenaje. Está enamorado del donjón- dijo uno.
- Y del tetracúspide- añadio otro.
-¡No, hombre , no! ¡Que eres un ignorante! es el tetrábside - porque siempre hay uno más sabihondo.
Todos habían parado en su trabajo y miraban al chiquillo con curiosidad.
-El rey le manda ir urgentemente a palacio- aclaró, contestando a la muda pregunta de los canteros.
-¡Claro! Tendrán alguna duda y ¡como es tan sabio...!
Y los golpes volvieron a sonar en la apacible tarde, rompiendo el silencio de las vetustas piedras.
CAPÍTULO III
El joven Dimas estaba muy preocupado. El mozo, apuesto y de mirada alegre, se sentaba junto a Don Rodrigo en el pescante de la tartana que su padre, el molinero, les había proporcionado.
-Es rarísimo que María no fuera anoche por el molino. Me prometió que daría calabazas a su sombrío pretendiente y, luego se pasaría a contarme cómo fué la entrevista.
-Ya sabes lo que se comenta en la ciudad- le contestó Rodrigo. Todos vieron como una sombra oscura envolvía a la princesa cuando se alejaba galopando en su caballo.
- ¿Sugiere usted -era respetuoso el joven Dimas- que esa sombra forzó el camino de mi amada?
- No me cabe la menor duda. He oído comentarios nada tranquilizadores sobre ese tremendo personaje. Ahora recuerdo un documento del siglo XII que hacía referencia a la desaparición de niños y al Señor de la Montaña Negra.
-¿Podéis leer esos extraños documentos?- se asombró Dimas.
-¡Bah!- dijo Rodrigo, restándole importancia- Soy especialista en paleografía y diplomática.
El joven molinero le miró boquiabierto. ¡Qué sabio era! ¡Y qué contento se sentía por poder acompañarle!
-Pero en el siglo XII sería su ta-ta-ta-ta-tatarabuelo.
-¡Quién sabe!- musitó enigmático el sabio Don Rodrigo.
Volvó la vista, comprobando que el teodolito iba perfectamente sujeto. Pkanos, de gran detalle, con cotas de diez metros; escuadra y cartabones; varios compases; material fotográfico... Pensaba que nohabía olvidado nada. El Principe Negro no podría extrañarse de que se acercara a su impresionante castillo. Por muy aislado que viviera, hasta él tenía que haber llegado la fama mundial del gran arqueólogo. Dimas pasaría por su ayundante.
En ningún momento sintió miedo. Cuando los atribulados reyes le pidieron ayuda, no lo dudó:
-¡Os traeré a vuestra bella princesa sana y salva!
El paso siguiente de Don Rodrigo fue hablar con el hijo del molinero. Cuano le pidió acompañarle, aceptó encantado. Parecía valiente y despierto. Por eso les encontramos juntos, camino de las montañas. Dos espléndidos caballos, de las cuadras reales, tiraban de la tartana. No eran animales de tiro, sino fogosos potros, ya que Don Redrigo pensaba que ante cualquier posible dificultad, al omos de semejantes animales, podrían alejarse rápidamente del peligro. La valentía de nuestro héroe no estaba reñida con la prudencia.
- Dimas, tienes que aprender a manejar el teodolito.
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19 Octubre 2008
De esta edición príncipe se han tirado seis ejemplares numerados del 0 al 5 en papel "CANON PAPER DRY" A4 , 210x297,80 GSM en máquina CANON NP1215
EJEMPLAR Nº 3

INTRODUCCIÓN:
-¡Mi pequeña Tania ha desaparecido!- el rostro del orondo panadero expresaba una gran preocupación.
-Dicen que salió con la guapa forastera que llegó al pueblo anoche- comentó una vecina que llevaba una hermosa lechuga en sus manos.
-¡Ah! ¡La forastera! Le preguntaremos a ella-dijo el panadero-. El herrero sabrá dónde está.
-¿Por qué el herrero?-preguntó la anciana que se sentaba en un poyo a la puerta de su blanca casita.
-Es que su caballo perdió una herradura y lo dejó para que se la pusieran de nuevo-. Esto lo dijo la mujer de la lechuga.
Y el panadero salió de estampida para preguntar al herrero. No se le borraba el gesto preocupado y caminaba deprisa, a pesar de lo gordo que estaba. Los vecinos salían de sus casas y le seguían de lejos. Era un pueblo pequeñito y todos sabían ya que la pequeña Tania había desaparecido.
-Seguro que aparecerá. Nuestros hijos saben muy bien por dónde pueden ir y por dónde no- susurraba bajito una mujer al oído de su marido. Tenía cuatro hijos pequeños y estaba un poquito asustada.
-¡Nuestros hijos sí, pero no la forastera!- rezongó el marido.
-¡Ay, Pascual!- se llamaba Pascual- ¡Ay, Pascual, no me asustes!
-Pero no seas tonta, mujer, que acabamos de dejar a los niños en casa, jugando tan tranquilos.
Otro vecino que les escuchó, porque al final habían levantado la voz, intentó sosegar los ánimos:
-Hace muchos años que no desaparecen niños en el pueblo.
-¡Es verdad!¡Es verdad! -se decían unos a otros, disimulando la inquietud que sentían todos.
Entretanto habían llegado a la herrería. Cuando el panadero entró, los vecinos, que cada vez eran más numerosos, esperaron fuera. Al poco rato, el panadero, el señor Anastasio, salió llevando del ronzal un precioso caballo. Su cara lo decía todo: ¡Tania y la forastera no estaban!
-Va a anochecer- dijo Pascual- hay que salir a buscarlas.
-¡Si, si, vamos!
Y los amables vecinos fueron a sus casas por luces y mantas y algún cordel. Todos querían pensar que tal vez se habían caído por algún barranco o perdido en alguna cueva. Las encontrarían y volverían al pueblo con ellas y todo quedaría nada más que en un buen susto. ¡Hacía tanto tiempo que no pasaba nada!
El pueblo se quedó vacío. En la distancia se perdían las voces que llamaban:
-¡Tania! ¡Taniaaaaaa! ¡Tania!- cada vez más lejos.
Solo la anciana que era muy, muy vieja, se quedó sentada a la puerta de sus casa, viendo cómo anochecía. Los árboles de la plaza estaban silenciosos.
-Los pájaros se han ido- recordó- ¡Qué desgracia tan grande, Señor! La sombra negra de la maldad vuelve a nuestro pueblo. ¡Ay, qué desgracia tan grande...! ¡Pobre pequeña Tania! ¡No volveremos a verla!
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6 Octubre 2008

Este Sábado pasado hemos celebrado en Cádiz las bodas de oro de mis padres. Y después de cincuenta años, de seis hijos, de diez nietos, de sabores y de sinsabores, de placeres y de tristezas, de rencores y de ausencias, de risas, llantos, de esperas, después de esa cantidad de años, nos hemos reunido los seis hijos en casa de mi hermano Pedro -el primogénito- y de Ana en San Fernándo. Hemos conseguido sacar a mi madre de casa (mi padre estaba más que dispuesto y deseando hacer cualquier esfuerzo para estar con nosotros) y hemos pasado unas horas preciosas, desde mi punto de vista, juntos. Yo he disfrutado casi de cada momento, pero sobre todo me ha encantado ver a mi padre satisfecho y bastante feliz, hasta el punto de dedicarnos unas palabras que me recordaron al Pedro de hace unos cuantos años en cuanto a lucidez y dicción; sin embargo estaban enriquecidas por un sentimiento al que no puso límites ni el pudor ni la autoridad ni el patriarcado. Apuró todo lo que pudo la sobremesa , incluso accedió de buen grado a darse un paseo con nosotros por la alameda a pesar de estar cansado. La tarde nos regaló una temperatura fabulosa y una luz maravillosa.

He aquí uno de los dos centollos que degustaron mis padres con fruición. El resto nos conformamos con langostinos, cañaiñas, camarones, jamón y lomo del bueno, queso , carne, burgaillos, mejillones y pulpo (que estaba de muerte)

Me temo que alguno que otro ha sufrido las consecuencias del comer y del beber.... que cuando los padres de uno celebran cincuenta años, es que ya se está entrando en esa cierta edad en la que el estómago ya no está a prueba de bombas. Pero MIRAD QUE PLATO DE MARISCO:
Y los ibéricos:
Un poco desenfocados, pero buenísimos. Un día estupendo.
Muchas gracias a todos por poner el mejor ánimo y muchas gracias especialmente a Pedro y Ana por abrir su casa, y por TODO, sus buenas ideas (GENIAL LA TARTA) y su generosidad.
Postdata para Ana: mis disculpas por tener esa rara habilidad para romper de dos en dos copas de cava de cristal de bohemia - y de tu tía, más importante que si el cristal es de Bohemia o de IKEA. ¡Lo siento muchísimo!
Isabel y Pedro. 3-10-08
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